Dr Tanturi y Dr Castillo







Alberto Salvador De Lucca se recibió de ginecólogo en el año 1942 e instaló un consultorio en la casa de su padre, Salvador De Lucca. Un sencillo consultorio de ginecología, pero con una pequeña curiosidad: su excesiva afluencia de mujeres. Cada día aparecían más y más mujeres, demasiadas mujeres, en su mayoría jóvenes, y el doctor no daba abasto... A don Salvador le resultaba extraño el fanatismo que tenían muchas de las jovencitas por su hijo. Ignoraba que Albertito tenía una segunda vida. Por las tardes, el Doctor De Lucca abandonaba su consultorio, se cambiaba las pilchas, y se iba corriendo a la radio para convertirse en Alberto Castillo.

Fue la estricta disciplina paterna la que le obligó a Alberto a ocultar sus primeros años como cantor de tangos, fueron sus seudónimos los que lo protegieron. Cantaba por Radio Paris y su padre comentaba al escucharlo desde su casa: «Canta muy bien; tiene una voz parecida a la de Albertito».

La realidad era que sus pacientes lo conocían de verlo cantar en los cabarets, y no iban por una simple consulta. Sobre esta situación, Castillo relata un episodio en su consultorio que resultó ser el colmo: una mujer se estaba desvistiendo detrás del biombo y él le pregunta. “¿Está lista, señora?”, y ella responde: “Yo sí, doctor. ¿Y usted?”
Tales insinuaciones fueron las que hicieron que Alberto Castillo terminara por abandonar la profesión (tal vez) y se dedicara de lleno al canto.

Había sido en 1941 que se había unido a otro doctor, Ricardo Tanturi, pero no para integrar su consultorio, sino su orquestra típica, llamada "Los Indios". Aquí comenzó la historia del fantástico binomio Tanturi-Castillo, que dejaría tantas piezas imprescindibles para los milongueros.

Alberto Castillo fue "El cantor de los cien barrios porteños", "El cantor de los milongueros", y fue sin duda una de las voces más representativas y reconocidas del tango. No solo por su afinación perfecta, sino también por los matices de su voz, por las inflexiones de su canto, que llegaban hasta los mismísimos pies de los bailarines, y también por su interpretación, su desfachatez,  su gesticulación, su estilo para moverse en el escenario, con el micrófono, con sus manos, con su público. Una verdadera maravilla. 

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